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HISTORIA DE LA REBELIÓN Y CASTIGO DE LOS MORISCOS DEL REINO DE GRANADA. Libro sexto Capítulo XXV

18 mayo, 2015 | Comment

Libro sexto

Capítulo XXV

Cómo Aben Humeya envió a levantar los lugares del río Almanzora, y la descripción de aquella tierra

Río de Almanzora quiere decir río de la vitoria. Tiene principio de una fuente que nace en el camino que va de Canilles de Baza a Serón, llamada Fuencaliente, y corriendo por un valle lleno de arboledas, va a dar a la villa de Tíjola, dejando en los cerros de la mano derecha, algo apartadas del río, a Serón, el Deyre, Bayarca, Lúcar, Sierro, Sofloy, Almuña, Purchena, que tiene título de ciudad, Olula, Fínix, Lanteyra, Cantoria, Líjar, Códbar, Errax, el Borx, Alboleas, Sujura o Surgena, Overa, las Cuevas, Lubrín, Urriecal, Ante, Védar, Serena, Teresea, Cabrera, Benitagla, Albánchez; y en la torre de Montroy, una legua a poniente de la ciudad de Vera, se mete en el mar Mediterráneo. En las sierras que son a levante dél yendo hacia la mar están Lucus, Somontin, Partaloba, Códbar, Oria, Albox, Vélez el Rubio y Vélez el Blanco. Tiene a poniente la sierra de Bacares y la de Filabres, cuyo lugar principal se llama Tahalí. Los otros son Senes, Chercos, Alcudia, Alhabra, Benalguacil el alto, Benalguacil el bajo, Benicanon, Senimina, Xenecit, Castro, Ulela de Castro y Ulela del Campo. Y a tramontana, la hoya y comarca de Baza, donde están las villas de Canilles, Benamaurel, Zújar, Freyla, Cúllar, Güéscar, Castilleja, Orce, Galera, Cortes y otras; a levante tiene las sierras de los Vélez y de Mojácar, y a mediodía el mar Mediterráneo. Toda esta tierra es abundante de pan y de legumbres; crían los moradores mucha seda y muy buena, y tienen muchos ganados. En las laderas de las sierras de una parte a otra del río hay hermosas arboledas de huertas, que se riegan con el agua de las fuentes que nacen dellas y corren a dar al río principal, y las frutas todas son tempranas y muy sabrosas. La mayor parte de las villas tienen castillos antiguos puestos en sitios fuertes por naturaleza, y algunos son de calidad que con poco trabajo se podrían hacer inexpugnables. Quisieron los rebeldes levantar todos los pueblos deste río, cuando levantaron a Gérgal, y por temor del marqués de los Vélez, que, como atrás dijimos, entraba por aquella parte, lo dejaron de hacer. Este miedo les duró todo el tiempo que estuvo alojado en Terque; y como después salió el marqués de Mondéjar de la Alpujarra, y el marqués de los Vélez se recogió en Berja y después en Adra, acudiendo los moros por las sierras de Gérgal y de Bacares, comenzaron a hacer algunos saltos en el río de Almanzora. De aquí tomó atrevimiento Aben Humeya de enviar a levantar aquella tierra; y andándolo tratando, un moro de los que estaban con él fue al lugar de Almuña, y queriendo consolar a la mujer y hijas de Jerónimo el Maleh, que las tenía captivas el alcaide Diego Ramírez, les dijo que estuviesen de buen ánimo, porque dentro de quince días tendrían libertad, y que el proprio Maleh venía con mucha gente a levantar aquellos pueblos. Había hecho Diego Ramírez muy buen tratamiento a estas moriscas, y teníalas recogidas en casa de un morisco amigo suyo; y queriendo gratificarle la buena obra, le dijeron lo que el moro les había dicho, para que se pusiese con tiempo en cobro. El cual envió luego un correo a don Juan de Austria, suplicándole que enviase alguna gente de guerra con que poder asegurar aquella tierra antes que los moros entrasen en ella, porque de otra manera se perdería. Y como esto no se pudo hacer tan presto como la necesidad pedía, a 12 días del mes de junio deste año de 1569 bajaron de la Alpujarra el Gorri de Andarax y el Peligui de Gérgal, y con ellos el Maleh y otros capitanes moros con más de cuatro mil hombres de pelea; y dando primero en Purchena, se hubieran de perder los cristianos que allí había, si el bachiller Román, beneficiado de Macaela, que venía de captiverio de la Alpujarra y había llegado la noche antes, no les avisara como dejaba junta aquella gente para venir a amanecer sobre ellos. Los cuales, viendo que en la fortaleza no había alcaide ni gente de guerra, aunque de sitio era muy fuerte, no osaron meterse dentro; y dejándola desamparada, se fueron huyendo a Oria y a Vera y a otras parte; por manera que cuando llegaron los moros había solas tres horas que se habían salido de la ciudad, y solamente hicieron que los moriscos que moraban en ella se rebelasen, y a los que no querían hacerlo, les daban muchos palos y los llevaban consigo maniatados. Hubo tres moriscos de los principales, que por no alzarse dejaron sus mujeres y hijos; los dos dellos se metieron en Oria, y el uno en Cantoria; los otros todos, cual de grado, cual por fuerza, se fueron con sus mujeres y lujos a la Alpujarra. Los moros robaron y destruyeron la iglesia, luego saquearon las casas de los cristianos, y mataron una mujer vieja que no había querido irse con los demás; y no queriendo dejar aquella fortaleza desamparada, por ser de la calidad que era, metieron gente de guerra dentro para sustentarla, y de la madera de los techos de la iglesia, que desbarataron, hicieron aposentos y reparos en ella, y levantaron una torre de tapiería hacia aquella parte. Hecho esto pasaron a Olula y a los otros lugares, y levantando los moriscos dellos, saquearon y destruyeron las iglesias y las casas de los cristianos, mas no mataron ninguno, porque se habían puesto todos en cobro con el aviso de la mujer y hijas del Maleh. Los moriscos de Serón estuvieron tres días que no se alzaron, porque los entretuvo Diego de Mirones, vecino de Madrid, que tenía la tenencia de aquel castillo por el marqués de Villena, cuya es aquella villa; el cual habiendo enviado su mujer y hijos a Castilla con los soldados que tenía de guarnición y con los vecinos cristianos que vivían en aquel lugar, que por todos serían ciento y treinta hombres, se velaba con mucho cuidado; y cuando supo que los moros andaban alzando los lugares del río. Recogió todas las mujeres cristianas en el castillo. Estando pues los alcaides moros en el río, le enviaron a decir que por tenerle buena voluntad y pesarles de su trabajo, le aconsejaban que les entregase aquella fortaleza; y que si esto hacía, le dejarían ir con toda la gente que tenía dentro, y le acompañarían hasta ponerle en lugar seguro cerca de Baza; mas que si no lo hacía, supiese que no podían dejar de pasar él y con los que él estaban por el rigor de la muerte. Diego de Mirones recibió la embajada con alegre semblante, y hizo dar de comer a dos moros que la llevaban, y sendos pares de alpargates que la pidieron; y después les respondió que él agradecía mucho a los alcaides la voluntad que mostraban a sus cosas; mas que el castillo le tenía por el marqués de Villena, a quien había escrito para ver lo que mandaba que hiciese dél; y que venida la resolución, que sería muy en breve, podría responderles con más certidumbre. Vueltos los dos moros con la respuesta, los alcaides entendieron que era dilación, y dende a dos días el Maleh y el Hanon fueron con todo el golpe de la gente sobre él; y alzando los moriscos de la villa. Le tuvieron cercado doce días; y al fin, viendo que se les defendía, y que no tenían artillería con que poderle batir, ni se podía ganar a batalla de manos, levantaron el cerco y fueron sobre Tahalí, lugar de don Enrique Enríquez; y alzándose los moriscos del lugar, cercaron y combatieron el castillo, donde estaba don Álvaro de Luna, vecino de Bazar, con cincuenta soldados. Lo primero que hicieron fue acometer el reducto o rebelión, y picándole, hicieron un portillo, y entraron dentro, y sacaron dos caballos que estaban en una caballeriza. Luego enviaron a requerir al alcaide que se rindiese, diciendo que por ser aquel lugar de don Enrique Enríquez harían todo buen tratamiento a los que estaban dentro con él, y los dejarían ir libremente con sus armas y bienes muebles donde quisiesen; y aunque sobre esto hubo demandas y respuestas, estando el alcaide suspenso entre temor y esperanza, al fin aceptó el partido con que le diesen solos dos días de término, y los moros alzaron el cerco. Esto hizo don Álvaro de Luna contra la voluntad de un morisco llamado Juan Alguacil y de un hijo suyo, de los más ricos de aquel lugar, que se habían recogido con él en el castillo; los cuales le requirieron que no lo rindiese, porque ellos se ofrecían a defenderle con la gente que allí había, mas no le pudieron convencer, antes se enojó con ellos y los metió en una mazmorra, y dentro del término que los alcaides le habían dado salió dél con todos los soldados y cinco mujeres vestidas en hábito de hombres, y se fue a la ciudad de Almería. Los moros entraron en el castillo, y hallando en la mazmorra aquellos dos moriscos los sacaron fuera y los ahorcaron luego, no sin grandísima nota del que los había dejado allí. Certificáronnos personas que dijeron haberse hallado presentes, que murieron cristianos, diciendo que morían por no ser traidores a Dios ni al Rey. Ganado el castillo de Tahalí, los moros pasaron a Cantoria, y teniendo cercada aquella villa solo un día, se les dio, porque eran todos los vecinos moriscos. Y por esta orden fueron levantando todos los otros lugares del río, excepto a Oria, las Cuevas a Serón, que se defendieron los castillos por entonces.

Transcripción del capítulo XXV del libro “Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada”, de Luis del Mármol Carvajal, historiador español.

Hemos respetado la ortografía y sintaxis del original.

Libro sexto – Capítulo XXVI

Cómo los moros volvieron a cercar el Castillo de Serón, y yendo a socorrerle don Alonso de Carvajal, se le mandó que no fuese, y se volvió a su villa de Jódar

Queriendo pues Aben Humeya acabar de ocupar todos los lugares del río de Almanzora para hacer la guerra por aquella parte, recogió el mayor número de gente que pudo, y se fue a poner en la sierra de Bacares, y desde allí envió un alcaide, llamado el Mecebe, sobre el castillo de Serón; el cual le cercó con cinco mil moros, a 10 días del mes de junio deste año, con grandes regocijos y algazaras. El alcaide Diego de Mirones envió luego un soldado a Baza para que desde allí se diese aviso a su majestad y a don Juan de Austria del estado en que estaba; el cual salió de parte de noche, y pudo hacer el efeto a que iba sin que los moros se lo estorbasen. Mas ya en este tiempo don Juan de Austria sabía por algunas espías como los moros se aprestaban para ir sobre el castillo, y se había tratado del remedio, y tomádose resolución en el Consejo en que convendría que fuese a socorrerle suficiente número de gente, por si fuese menester pelear con el enemigo en campaña; y porque no la había de ordenanza que pudiese ir con la brevedad que el negocio requería, acordaron de cometerlo a don Alonso de Carvajal, señor de Jódar, encargándole que juntase el mayor número de gente que pudiese de sus deudos, amigos y vasallos, y hiciese aquel socorro. Este acuerdo había sido muy acertado, si otra provisión no lo interrompiera; porque su majestad, siendo avisado del cerco, escribió aquellos mesmos días al marqués de los Vélez que procurase socorrer aquella fuerza, pareciéndole que por tener su campo junto en Adra, nadie lo podría hacer con más brevedad. El aviso desta orden llegó a don Juan de Austria a tiempo que don Alfonso de Carvajal iba la vuelta de Baza con mil y quinientos arcabuceros y ciento y cincuenta caballos, y muchos caballeros y hijosdalgo de Úbeda y Baeza, amigos y allegados de su casa. Y casi a un mesmo tiempo, estando un día don Juan de Austria con los del Consejo, le llegó un correo con carta del marqués de los Vélez, en que decía que habiéndole su majestad cometido el socorro del castillo de Serón, y viendo cuán malo lo podía hacer, por la distancia que había desde Adra, le había parecido que podría ir a hacerlo en su lugar una de tres personas, Juan Rodríguez de Villafuerte Maldonado, corregidor de Granada, don Luis de Córdoba, o don Rodrigo de Benavides, con mil y quinientos infantes y trecientos caballos, que era número suficiente y necesario para aquel efeto. Esta carta puso en confusión a los del Consejo por el inconveniente que traía, y estuvieron suspensos, no se determinando si pasaría adelante don Alonso de Carvajal con la orden que llevaba de don Juan de Austria, o si se le mandaría que parase. Luis Quijada decía que no se debía hacer otra provisión sobre la que su majestad había hecho en el marqués de los Vélez; el Presidente porfiaba que la que don Juan de Austria había hecho en don Alonso de Carvajal, pues el Consejo supremo no proveyera lo contrario si supiera lo que él tenía proveído, era la que se había de guardar, porque tenía poder y facultad para poderlo hacer, como capitán general; mayormente que se había de mirar el inconveniente que se presentaba de perder aquel castillo con cualquiera dilación, poniendo ejemplo en que en tiempo del emperador don Carlos, habiendo él mesmo proveído la plaza de maese de campo del tercio de Nápoles, que estaba vaca, en un caballero particular, teniéndola proveída el visorrey don Pedro de Toledo en otro, se había determinado que la provisión del Visorrey se había de cumplir, pues siendo capitán general, había podido proveerla. Deste parecer, fueron la mayor parte del Consejo; mas don Juan de Austria se arrimó a lo que Luis Quijada decía, y se resolvió en que don Alonso de Carvajal se volviese, porque llegó luego otra carta del marqués de los Vélez, avisando como, por parecerle que había dificultad en ir a hacer aquel socorro uno de los tres caballeros que había señalado, lo había cometido a don Enrique Enríquez, su cuñado, que estaba más a la mano en Baza. Toda esta diligencia que el marqués de los Vélez hacía, se entendió que era para deshacer la provisión de don Alonso de Carvajal, de que ya estaba avisado, queriendo enviar persona de su mano. Era el marqués de los Vélez valeroso y esforzado caballero y muy discreto; mas no se podía determinar cuál era en él mayor extremo, su esfuerzo, valentía y discreción, o la arrogancia y ambición de honra, acompañada de aspereza de condición, a que demasiadamente era inclinado. Volviendo pues a nuestra historia, don Juan de Austria escribió luego a don Alonso de Carvajal, mandándole que en el lugar que le alcanzase aquella carta parase y se volviese a su casa, y agradeciese de su parte a la gente que llevaba la voluntad con que se había movido a hacer aquella jornada, la cual convenía que parase por algunos respetos que había parecido al Consejo; y alcanzándole el correo en Cúllar, una legua antes de llegar a Baza, se volvió bien desgustado, por no dejarle llegar a hacer el efeto para que había salido. Dejemos agora el socorro deste castillo; que hubo hartas controversias en él, por encontrarse las dos provisiones, y vamos a echar los moriscos del Albaicín de Granada; cosa en que hacían grandísima instancia el Presidente y el duque de Sesa; pareciéndoles que aquella gente no era de provecho, y podría ser muy dañosa teniéndola en la ciudad.

 

Transcripción del capítulo XXV del libro “Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada”, de Luis del Mármol Carvajal, historiador español.

Hemos respetado la ortografía y sintaxis del original.

Libro sexto – Capítulo XXVIII

Cómo don Enrique Enríquez envió a don Antonio Enríquez, su hermano, en socorro del castillo de Serón, y los moros le desbarataron

 

En este tiempo los moros apretaban reciamente a los cristianos que tenían cercados en el castillo de Serón; y don Juan de Austria, siendo avisado que don Enrique Enríquez estaba mal dispuesto, y que no podía ir a hacer aquel socorro por su persona, como el marqués de los Vélez decía, acordó de enviar a ello a don Luis de Córdoba, uno de los tres caballeros que  había señalado al principio; y mientras se aparejaba la gente que había de ir, y se daba orden en las cosas necesarias para la jornada, envió delante al capitán Antonio Moreno; el cual adoleció en Baza, de cuya causa se procedió en el socorro más lenta y espaciosamente de lo que convenía, y sucedieron los inconvenientes que adelante diremos; porque viéndose el alcaide Diego de Mirones en grandísimo trabajo por la falta de agua para tanta gente como tenía dentro, a culpa de los mesmos soldados y vecinos, que por ocuparse en robar las casas del lugar cuando se fueron los moriscos, no habían querido henchir el aljibe, que les fuera de más provecho que los viles despojos que metieron en el castillo, hizo que se descolgasen por el muro de parte de noche tres soldados grandes arábigos, y les mandó que lo más encubiertamente que pudiesen pasasen por el campo de los enemigos cada uno por su parte, y fuesen a dar aviso a la ciudad de Baza del estado en que le dejaban, y dijesen a don Enrique Enríquez que le enviase socorro; y que de vuelta procurasen traer alguna pólvora a cuestas, como mejor pudiesen; avisándoles que cuando tornasen, si viesen que no podían llegar al castillo con seguridad, hiciesen una ahumada de día en el cerro del Javea, que está dos leguas de Serón a la parte de Baza; y si les respondiesen a ella desde la torre del homenaje, llegasen; y si no, se volviesen. Salieron estos tres soldados del castillo, de la manera que hemos dicho, día de San Pedro, a 29 de juno, y fueron tan venturosos, que pasaron por medio del campo de los moros sin ser conocidos, y llegaron a Baza y dieron su recaudo a don Enrique; el cual no fue a hacer el socorro, por estar enfermo, ni lo envió por entonces, porque no tenía cantidad de gente para ello y estaba aguardando que le viniese de fuera; y haciendo dar a cada uno dellos un zurrón de pólvora, los despidió, mandándoles que dijesen al alcaide Mirones que con mucha brevedad le socorrería, y que se entretuviese lo mejor que pudiese. Sucedió pues que los moriscos que moraban dentro la ciudad de Baza vieron los tres soldados, y supieron lo que iban a tratar, porque tenían espías dentro de la casa del proprio don Enrique; y para dar aviso a los moros tomaron las señas dellos, y despacharon un morisco al alcaide Mecebe, avisándole que si acudiesen al campo, tuviese cuenta con prenderlos; el cual usó de un ardid de guerra que le pudiera aprovechar, y fue mandar que algunos moros aljamiados se llegasen a castillo, y dijesen como los tres cristianos que habían enviado a Baza eran muertos, y diesen las proprias señas que tenían, y les persuadiesen a que se rindiesen, pues ya no tenían remedio, sino que se habían de perder. Mas los cercados entendieron luego que no era verdad lo qué decían, porque los soldados habían hecho la ahumada que se les había mandado en el cerro del Javea, y no les habían respondido, y entendieron claramente que se habían vuelto a Baza, conforme a la orden que llevaban; antes tomaron alguna manera de consuelo, por entender que habrían pasado a dar su recaudo. No mucho después don Enrique acordó de enviar el socorro con don Antonio Enríquez, su hermano, aunque fue muy flaco, porque no llevó más de quinientos arcabuceros y sesenta caballos, con orden que entrase por el paraje de Lúcar, que cae tres leguas de Serón en el mesmo río. Con esta gente llegó don Antonio Enríquez a Lúcar, y hallando solas las mujeres en las casas, y doce moros que se habían hecho fuertes en el castillo, no quiso detenerse en combatirle; antes viendo que hacían grandes ahumadas, apellidando la tierra, y entendiendo que se juntaría mucha gente contra él, dio vuelta hacia Baza sin llegar a Serón; y no se engañó mucho, porque el Mecebe con toda su gente acudió luego a las ahumadas. Y estando en el cortijo del Jauca, que apenas acababan de llegar a él, dieron sobre ellos; y hallándolos desapercebidos, con improviso acometimiento los desbarataron; y matando más de docientos soldados, pusieron los demás en huida; y cargados de armas y despojos, volvieron aquel día a Serón, haciendo grandes alegrías por la vitoria. Luego envió el Mecebe un recaudo a Mirones, diciendo que no porfiase más en su vana defensa, que le había de aprovechar poco, porque le hacía saber como todos los cristianos que iban a socorrerle eran muertos, y ofreciéndole cualquier partido que pidiese si determinaba de entregarle aquel castillo.

 

Transcripción del capítulo XXVIII del libro “Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada”, de Luis del Mármol Carvajal, historiador español.

Hemos respetado la ortografía y sintaxis del original.

Capítulo XXIX

Cómo Diego de Mirones salió a buscar socorro, y fue preso, y los cercados rindieron el castillo de Serón

Entendiendo pues los cercados que debía de haber alguna rota de nuestra parte, porque la pólvora con que los moros tiraban era de mejor respuesta que la con que habían tirado hasta allí, así por esto, como por ver los grandes regocijos que por todo el campo hacían, comenzaron a desmayar; y estando en gran confusión, vieron asomar cincuenta de a caballo, que don Enrique enviaba a que diesen vista al castillo desde lejos para entretener a los cercados en esperanza, mientras llegaba don Luis de Córdoba con la gente que iba de Granada; porque tenía aviso que le enviaba don Juan de Austria a hacer aquel socorro. Estos caballos los pusieron en mayor confusión, porque como dieron luego la vuelta sin llegar al castillo, entendieron que iban huyendo. Creciendo pues cada hora el temor y la falta del agua, que los aquejaba mucho, Diego de Mirones determinó de salir en persona con treinta arcabuceros de parte de noche, y rompiendo por medio del campo de los enemigos, ir a buscar socorro antes que la gente pereciese de sed. Con este acuerdo salió, y arcabuceándose con los moros, pasó por todos ellos sin perder hombre; y pusiéranse en salvo con mucha facilidad si los soldados, que iban muertos de sed, no se detuvieran tanto en el río bebiendo, que los moros tuvieron lugar de alcanzarlos; los cuales tomándoles los pasos por diferentes partes, siguiendo el rastro de las cuerdas que llevaban encendidas, dieron con catorce dellos, y los mataron; los otros diez y seis pudieron salvarse con la escuridad de la noche, y llegaron otro día a Baza. Diego de Mirones, que iba a caballo, anduvo toda la noche perdido de un barranco en otro, con un solo mozo que le pudo seguir; y como no era prático en la tierra, después de cansado de dar vueltas, dejó ir el caballo por donde quiso; y cuando creyó estar cerca de Canilles, en la hoya de Baza, se halló en las viñas de Serón, porque como el caballo había sido criado en aquel lugar, volvió a la querencia. Y descubriéndole  los moros que estaban en las atalayas, bajaron a él y le tomaron los pasos; y al fin, no se pudiendo menear ya el caballo de cansado, le prendieron. Con esta prisión fueron los enemigos muy alegres, porque entendieron que se les entregarían luego los cercados; y llevándole a la tienda del Mecebe, donde estaba también el Maleh, que había venido aquellos días al campo, trataron con él que si hacía que los cristianos rindiesen el castillo, les darían libertad a él y a cuantos había dentro, chicos y grandes, hombres y mujeres, con que dejasen las armas y no llevasen consigo más de cada ocho reales; y entre ruego y amenazas le dijeron que si no lo hacían, le darían cruelísima muerte. Viéndose Diego de Mirones preso, y sabiendo el trabajo que había dentro del castillo, y cuán mal se podía ya sustentar, creyendo que los moros cumplirían su palabra, tuvo este medio por razonable; y llevándole maniatado a una casa junto a la puerta del castillo, llamó a González, su escribano, y a otros cristianos por sus nombres, y les dio cuenta de su desventura, y les rogó que saliese uno dellos debajo de seguro a tratar de partido, porque los alcaides le hacían tal, que le parecía que no era de desechar. Luego salió el escribano, y con él otros tres cristianos, que hicieron sus capitulaciones con los alcaides de la manera que dijimos, con aquellas condiciones; y a 11 de julio deste año de 1569 entregaron el castillo a los moros; mas los enemigos de Dios no les guardaron nada de cuanto les prometieron, porque tomaron las mujeres y niños por esclavos, y mataron cruelmente todos los hombres, y entre ellos dos clérigos de misa, y cuatro mujeres viejas. Y como dijese un moro vecino de Serón al Maleh que cómo permitía que se hiciese un tan mal hecho como aquel, mostró una carta de Aben Humeya, por la cual le mandaba que no diese vida a cristiano que pasase de doce años, y que luego le enviase a Diego de Mirones y a todas las mujeres a Bacares. Mataron este día ciento y cincuenta cristianos, y fueron captivas ochenta mujeres. Otro día siguiente llegaron a vista de Serón don Antonio Enríquez y el capitán Antonio Moreno, que llevaban la vanguardia del socorro; y hallando las calles llenas de cuerpos de cristianos muertos y el castillo ocupado de moros, se volvieron; y lo mismo hizo don Luis de Córdoba desde el camino, cuando supo que era perdido Serón.

 

Capítulo VII

Cómo don Juan de Austria fue a reconocer a Serón y los moros le desbarataron, y la muerte de Luis Quijada

La propria noche que don García Manrique volvió a Canilles, se tomó resolución de que fuesen a reconocer a Serón dos mil arcabuceros escogidos y docientos caballos, porque convenía mucho entender bien la disposición que había, para cercar la villa de manera que no le pudiese entrar socorro, y que los cuarteles se pudiesen socorrer los unos a los otros cuando fuese menester; cosa que dificultaban mucho todos los que habían estado en aquel pueblo, diciendo que era tierra muy quebrada, y que por haber falta de agua en algunas partes, no se podía bien cercar. Don Juan de Austria quiso ir personalmente con esta gente, y acompañado del comendador mayor de Castilla y de Luis Quijada y de otros caballeros y gentileshombres de su casa, partió del lugar de Canilles a las nueve de la noche. Llevaba tres compañías de caballos, una del duque de Medina-Sidonia, cuyo capitán era Francisco de Mendoza, vecino de Gibraltar; otra de la ciudad de Jerez de la Frontera, que llevaba don Luis de Ávila, por indisposición de don Martín de Ávila, su hermano, que era el capitán; y la tercera del adelantamiento de Cazorla, y capitán della Hernando de Quesada. Con la infantería iban el maese de campo don Lope de Figueroa, y don Miguel de Moncada, y Juan de Espuche, y otros capitanes y gentileshombres de cuenta. Caminando pues toda aquella noche sin parar, a la hora que amanecía se emboscó la infantería en unas quebradas que están antes de llegar a Serón en la propria falda de la sierra; y pasando adelante don García Manrique con cien lanzas de la compañía del duque de Medina, se le dio orden que entrase al galope por el río abajo, dando muestra a los enemigos que iba a reconocer la villa, porque si hubiese algunos moros emboscados, saliesen a él; el cual llegó desta manera hasta la empalizada que dijimos; y viendo que no salía nadie, volvió hacia donde había dejado la otra gente. Viendo pues don Juan de Austria que los moros no habían salido como la otra vez, mandó a don Francisco de Mendoza que con sus cien lanzas y algunos caballos más fuese por el río abajo, y se pusiese de la otra parte de Serón en el paso por donde podían venir moros de Tíjola y de Purchena. Y haciendo de la infantería dos escuadrones, el uno dio a Luis Quijada para que fuese por la ladera de la mano derecha del río, y con él Juan de Espuche; y el otro dio al comendador mayor de Castilla para que fuese ocupando la otra parte del río hacia la mano izquierda, y con él don Lope de Figueroa; y por el lecho del río mandó ir la gente de a caballo con su guión, quedándose él con los alabarderos de la guardia y algunos gentileshombres, y obra de cien soldados en un cerro que descubría toda aquella tierra; porque el Comendador mayor y Luis Quijada no le consintieron pasar adelante, hasta que se entendiese que estaba todo el río seguro de emboscada, y que podría llegar cerca de la villa sin peligro de su persona, que era lo que más se procuraba. Con esta orden caminó toda la gente, y comenzando los moros a hacer ahumada, acudieron muchos de todos aquellos cerros con sus banderas; y así los de Serón como los que venían de otras partes, poniéndose en los recuestos, comenzaron a tirar de mampuesto con las escopetas a la gente de a caballo que iba por medio del río; de cuya causa mandó don Juan de Austria que se subiese su guión donde él estaba, porque recebían daño los que le acompañaban, tirándoles los enemigos como a terrero. Tello González de Aguilar, que iba esta jornada con solos cuatro escuderos de su compañía cerca de la persona de don Juan de Austria, y acompañaba el estandarte, con otros caballeros y gentileshombres, pasaron adelante, y fueron a juntarse con el escuadrón de Luis Quijada, que marchaba poco a poco buscando lugar dispuesto para poder acometer a los moros, que ocupaban las cumbres de aquellos cerros; el cual llegando en el paraje de una atalaya antigua, que estaba frontero de la villa en un cerro antes de llegar al camino que sube del río, repartió la gente en dos partes: la una dio a Tello González de Aguilar para que subiese derecho a la torre; y con la otra subió él por cerca del camino que va a Serón. Y subiendo animosamente los soldados escaramuzando con los enemigos, fueron retirándolos hasta la propria villa; y no osándolos tampoco aguardar allí, la desampararon, y se subieron a una sierra alta que está por cima de las casas. Las moras corrieron luego a meterse en el castillo, donde estaban muchos moros, que no cesaban de hacer ahumadas llamando socorro. A este tiempo llegó la gente del escuadrón que llevaba don Lope de Figueroa, y entrando los soldados por las casas, comenzaron a desmandarse, y algunos fueron por las calles hasta llegar a las puertas del castillo y captivaron muchas moras de las que iban a meterse dentro; y muchos cudiciosos, teniendo más cuenta con el interese que con la honra de la nación, se encerraron en las casas para guarecer la presa que habían ganado. Mientras esto se hacía, el Comendador mayor y Luis Quijada comenzaron a reconocer la villa, y andando mirando la disposición de aquella tierra, se descubrieron más de seis mil moros, que   —316→   acudieron a las ahumadas de Tíjola y de Purchena y de los otros lugares del río, con Hernando el Habaquí y el Maleh y otros capitanes moros; los cuales llegaron donde estaba el capitán Francisco de Mendoza a tiempo que la mayor parte de los escuderos se le habían ido a saquear las casas de la villa; y no se hallando poderoso para resistir a tan gran golpe de enemigos, comenzó a retirarse, tocando arma, por el río arriba. El Comendador mayor y Luis Quijada enviaron a don Miguel de Moncada con cantidad de caballos y de infantes a que le socorriese y reforzase la guardia de aquel paso; mas ya cuando llegó era tarde, porque encontró los caballos que venían retirándose a más andar; y los unos y los otros se retiraron, dejando libre el paso a los enemigos. A esto acudió luego el Comendador mayor en persona, y con mucha brevedad y presteza hizo un cuerpo de los soldados y caballos que pudo recoger, donde se favorecieron los que venían desmandados. Por otra parte los moros, hallando el paso desocupado, subieron hacia Serón; y juntándose con ellos los que habían salido huyendo de la villa, entraron por la parte alta; y hallando a nuestra gente desordenada, ocupados los soldados en robar, mataron muchos de los que se les opusieron; otros arrojaron vilmente las armas y dieron a huir, no siendo parte los más animosos para detenerlos. Don Lope de Figueroa fue herido de un escopetazo en un muslo; y matáranle si los escuderos de Écija no le retiraran. Estos escuderos libraron también al compañero, que los turcos de a caballo habían captivado y le tenían en una mazmorra. Fue tanto el temor y poca vergüenza de algunos soldados este día, que pareció ira del cielo, porque sin aguardarse unos a otros, no sabiendo por dónde poner las espaldas a los enemigos huyendo, ni por dónde el pecho peleando, iban de corrida hasta el río un buen cuarto de legua, y aun allí no se tenían por seguros. En tanta desorden don Juan de Austria bajó del cerro donde estaba, y acudió animosamente a mostrarse a nuestros cristianos, para que hiciesen rostro, o a lo menos se retirasen con orden, diciéndoles: «¿Qué es esto, españoles? ¿De qué huís? ¿Dónde está la honra de España? ¿No tenéis delante a don Juan de Austria, vuestro capitán? ¿De qué teméis? Retiraos con orden, como hombres de guerra, con el rostro al enemigo, y veréis presto arredrados estos bárbaros de vuestras armas». Con estas y otras palabras animaba y recogía los soldados, metido en el común peligro, porque los moros crecían, yendo siempre ejecutando su vitoria. Este día, andando Luis Quijada recogiendo la gente y poniéndola en escuadrón, fue herido de un escopetazo en el hombro, que le entró la pelota en lo hueco; y don Juan de Austria mandó retirarle luego y que Tello González de Aguilar con los caballos de Jerez de la Frontera le llevase a curar a Canilles; y con toda la otra gente se fue retirando lo mejor que pudo con grande ejemplo de su invicto valor, acudiendo a todas las necesidades con peligro de su persona, porque le dieron un escopetazo en la cabeza sobre una celada fuerte que llevaba, que a no ser tan buena, le mataran. Finalmente los moros, habiendo seguido más de un cuarto de legua a nuestros cristianos y hecho poco daño en la retaguardia, se volvieron aquella noche a Serón, y don Juan de Austria pasó a Canilles. Hubo algunos soldados de los que entraron en la villa, que no se pudiendo retirar, se hicieron fuertes en las casas y en las iglesias, y pelearon tres días con los moros, defendiéndose hasta que les pegaron fuego y los quemaron dentro. Murieron este día seiscientos hombres de nuestra parte y de los enemigos hubo fama que cuatrocientos, y hubo muchas moras captivas. Perdimos con la reputación más de mil arcabuces y espadas. Teniendo ganada la villa, los moros quedaron ufanos por aquella vitoria, y hicieron grandes regocijos. Estuvo nuestro campo algunos días en Canilles; y en este tiempo murió Luis Quijada de la herida, cuya muerte sintió don Juan de Austria tiernamente, porque era muy buen caballero, y había servido al Emperador su padre desde niño, y halládose con él en todas las ocasiones de las guerras que se le habían ofrecido, y por la mucha confianza que de su virtud tenía, se lo había encomendado y lo había criado desde su niñez, cuando aun no sabía cuyo hijo era, y así le llamaba tío, y él a él sobrino. La nueva deste suceso tuvo su majestad en Córdoba por carta de don Juan de Austria de 19 de febrero, dándole cuenta como por la desorden de los soldados se había dejado de ganar la villa de Serón, y pidiendo mayor número de gente con que poder proseguir adelante; y luego se despachó correo a las ciudades de Úbeda y Baeza y Jaén, por donde habían de pasar dos mil infantes que iban de Castilla y del reino de Toledo, con orden que donde quiera que los alcanzase, parasen; y dejando de ir a Granada, como les había sido ordenado, fuesen al campo de don Juan de Austria. Y al duque de Sesa se le escribió que le enviase el mayor número de gente que pudiese, quedando él proveído de manera que por falta della no dejase de hacer los efetos que se pretendían por aquella parte; encargándole brevedad en su entrada en la Alpujarra, por ser cosa que daría mucho calor a lo que don Juan de Austria había de hacer en el río de Almanzora. Mas ya cuando le llegó este mandato había salido de Granada, y estaba recogiendo su campo en el lugar del Padul, como diremos en el siguiente capítulo. Dejemos agora a don Juan de Austria rehaciendo su campo, y vamos a lo que se hizo en este tiempo a la parte de Granada.

 

Libro Octavo – Capítulo XI

Cómo don Juan de Austria fue sobre la villa de Serón y la ganó

 

Cuando don Juan de Austria hubo reforzado su campo en Canilles de Baza, donde estuvo algunos días, y proveídose de bastimentos, artillería y municiones para ir al río de Almanzora, sabiendo que ya el duque de Sesa había salido de Granada con el otro campo, partió de aquel alojamiento con ocho mil infantes y quinientos caballos. La primera jornada que hizo fue a la Fuen Caliente, y a la hora que llegó, que sería a vísperas, mandó a Tello González de Aguilar que con los caballos de su cargo diese vista a Serón desde unos cerros que están de la otra parte del río por frente de la viña, y que no se quitase de allí hasta que el campo estuviese alojado. Los moros pensaron hacer lo que la vez primera, y en descubriendo la caballería salieron huyendo la vuelta de la sierra para aguardar el socorro y volver a dar sobre nuestra gente; mas como vieron que no iba nadie a ocupar la villa, volvieron aquella noche a meterse dentro. Otro día de mañana marchó nuestro campo en su ordenanza por el río abajo, llevando la vanguardia de la infantería el capitán Antonio Moreno con el tercio de su cargo, y la caballería delante; y como los enemigos entendieron que se les iba a poner cerco de propósito, no se asegurando en la villa ni en el castillo, le pusieron fuego de parte de noche; y dejándole ardiendo, tornaron a subirse a la sierra, como de primero. Viendo pues don Juan de Austria que el castillo ardía, y entendiendo que los moros le habían desamparado, mandó a Tello González de Aguilar que fuese a ponerse en el proprio paso donde había estado Francisco de Mendoza, y a don García Manrique que con mil y quinientos arcabuceros tomase lo alto de la sierra sobre la villa a la parte de Tíjola, que eran los pasos por donde los moros habían de entrar con el socorro. Habíanse recogido a las almenaras que toda la noche habían hecho los de Serón, más de siete mil moros en Purchena, donde había venido Hernando el Habaquí; y al tiempo que nuestra gente caminaba la vuelta de la villa, comenzaron a descubrirse como venían el río arriba puestos en sus escuadrones, con sus banderas tendidas, tocando sus atabalejos y dulzainas, a manera de representación de batalla. Don Juan de Austria envió luego a don Martín de Ávila que fuese a reconocerlos con las cien lanzas que servía Jerez de la Frontera; el cual los reconoció, y refirió que era mucha gente, y que le parecía traer determinación de pelear. Entonces mandó cesar el alojamiento, y ordenó sus escuadrones y exhortó los capitanes y soldados; y apeándose del caballo, se puso en la vanguardia delante del escuadrón de la infantería. El Habaquí traía la vanguardia de su campo con ochenta caballos, y luego seguía un escuadrón de infantería a veinte y cinco por hilera, puestos en tan buena orden como si fueran soldados muy práticos, y dos mangas de escopeteros sueltas, que fueron acercándose hacia nuestra caballería, tirando con las escopetas para provocar a que los nuestros hiciesen algún acometimiento desordenadamente. Y hiciérale Tello González de Aguilar si don Juan de Austria quisiera darle licencia para ello; el cual le mandó que se estuviese quedo; y haciendo apartar el escuadrón de la vanguardia sobre mano izquierda para que pudiese tirar la artillería contra los enemigos, bastó aquello para que dejasen el camino que llevaban y tomasen la vuelta de la sierra hacia donde don García Manrique estaba; y cargándole con grandísima furia, comenzaban ya nuestros soldados a aflojar y muchos dellos a huir; y perdiéranse todos si don Juan de Austria viendo ir al enemigo la vuelta dellos, no enviara dos mil arcabuceros en su socorro, los cuales reforzaron la pelea por nuestra parte cargando animosamente a los enemigos, que firmes se sustentaron más de una hora. En este tiempo mandó don Juan de Austria a Tello González de Aguilar que con sus cien lanzas subiese la sierra arriba, y con él dos adalides que guiasen, porque era tan fragosa, que apenas parecía poderla hollar caballos: tardó en subir más de media hora por la parte hacia donde nuestra gente peleaba; y cuando llegó arriba no llevaba más de cuarenta caballos con su estandarte, porque no le habían podido seguir los otros. Y siendo a tiempo que don García Manrique tenía frente a los enemigos y los comenzaba a arrancar con la gente del socorro, hizo tocar las trompetas y los acometió. Fue tanta la turbación de los moros en ver caballería donde entendían que no podía subir, que perdiendo la furia y el ánimo juntamente, dieron a huir. Siguiose el alcance por nuestra parte, matando y hiriendo muchos dellos, y prendiendo algunos, les tomaron siete banderas, y el Habaquí, dejando muerto el caballo, se escapó huyendo a pie. Habida esta vitoria, la villa y el castillo quedó por nosotros: alojose nuestro campo en unas viñas junto al río, y mandose a los gastadores que terrasen los cuerpos de los cristianos muertos, que aun estaban tendidos por aquellos campos desde la rota pasada. Detúvose don Juan de Austria allí algunos días, porque comenzaban a faltar los bastimentos para ir adelante, mandándome a mí que fuese a las ciudades de Úbeda y Baeza y al adelantamiento de Cazorla a proveer el campo, como lo hice. Y cuando fue tiempo, partió sobre Tíjola, dejando de presidio en Serón al capitán Antonio Sedeño con cuatro compañías de infantería y una de caballos para asegurar las escoltas, y en el castillo a Cristóbal Carrillo, criado del marqués de Villena, con docientos soldados que había enviado a su costa para aquel efeto. Vamos a lo que en este tiempo hacia el duque de Sesa.

 

Transcripción del Capítulo XI del libro Octavo “Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada”, de Luis del Mármol Carvajal, historiador español. Se ha respetado la ortografía y sintaxis del original.

 

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