EL POLVORÍN DE SERÓN
Llegué al polvorín al atardecer. Después de pasar la vivienda del polvorinero (persona encargada de la custodia del polvorín) me dirigí a las casetas de almacenamiento de la pólvora. Como era de esperar, su estado de deterioro ha aumentado a gran velocidad. Cuando mi abuelo bajaba desde Los Geas hasta Los Donatos, atravesaba una vereda cercana al polvorín y, con un toque de timbre de su bicicleta, saludaba a unas niñas que jugaban alrededor de la casa.
Mirando hacia la puerta descolgada y semiabierta de la caseta de la izquierda, me viene a la memoria el eco de esas niñas con sus risas y sus miedos, el ir y venir de camiones con explosivos y los gritos desesperados de aquellos inocentes que fueron asesinados y enterrados en las proximidades. Un ruido estrepitoso de pájaros que anidan en la caseta de la derecha me devuelve al presente.
Después de ver la situación actual del polvorín, no me resisto a contaros algunos aspectos sobre su actividad. Actividad que estuvo unida, durante más de 70 años, a la explotación de la minas de hierro de Las Menas.
Fue a comienzos del siglo XX, cuando la Unión Española de Explosivos (UEE) compra una pequeña parcela, cerca de la actual fábrica de yeso, por un precio aproximado de 300 pesetas (1.80 €), donde construye la vivienda para el guarda y dos casetas, una para almacenar los explosivos y otra para almacenar los detonantes. El polvorín estaba a cargo de una persona autorizada por la UEE que custodiaba las llaves y llevaba un Libro de Existencias, donde anotaba la recepción, entrega y devolución de los explosivos.
Las sustancias explosivas almacenadas eran, fundamentalmente: dinamita, cordones detonantes, detonadores tipo fulminante y pólvora negra.
Las puertas de acceso al polvorín las abría el funcionario de la UEE, vía un sistema de seguridad formado por llaves especiales. El control del almacenamiento y transporte a los lugares de consumo era ejercido siempre por la Guardia Civil.
La ventilación debía cuidarse al máximo. Si el aire no circula libremente en todo el polvorín, la atmósfera puede calentarse y humedecerse. Si estas condiciones de temperatura se prolongan por un tiempo considerable, causará deterioro en los explosivos y detonadores y puede producir accidentes.
Con el cierre de las minas, en el año 1968, la UEE deja de llevar el control del polvorín, aunque éste sigue siendo utilizado como almacén, a nivel particular, para vender explosivos a Macael y a la fábrica de yeso de El Valle.
El Polvorín de Serón está unido, lamentablemente, a otros sucesos ocurridos en agosto y septiembre de 1936. Se sabe que la provincia de Almería se mantuvo fiel a la República durante toda la Guerra. Sin embargo, los primeros días y meses fueron de una dura represión por parte de comités milicianos (en muchos casos incontrolados) tratando de mantener el orden constitucional. Mi abuelo me contaba cómo una mañana llegan alrededor de veinte guardias civiles, al mando de un teniente, con el objetivo de controlar los explosivos y hacerse fuertes en caso de necesidad. Al final del día recibieron órdenes de volver a sus cuarteles, llevándose los detonadores y enterrándolos en las proximidades de Tíjola. Al día siguiente, milicianos de Baza y Serón (algunos muy jóvenes) se hacen con el control del polvorín, consiguiendo localizar los detonadores.
Enfrente del Polvorín, al otro lado de la carretera, fue donde ocurrieron los desagradables sucesos. El 30 de agosto de 1936, matan a siete vecinos de Caniles y al párroco de Santiago de Guadix en las cercanías del polvorín. Para enterrarlos, los milicianos se acercan al polvorín y le exigen al guarda que les proporcione algunos picos, palas y espuertas. También es asesinado y enterrado en el mismo lugar, el párroco de Serón, D. Antonio Martínez López, el 29 de septiembre.
Al terminar la guerra, desentierran al párroco encontrando su cuerpo incorrupto, sólo con algunos picazos. También son desenterrados los vecinos de Caniles, comprando sus familiares el trozo de tierra donde habían reposado sus cuerpos. Para el polvorinero, el final de la guerra le supuso ser detenido y encerrado cerca de cuatro meses. Su delito, colaboración con los asesinos al dejarles aquellas herramientas. Triste realidad de una España que no merece este pasado.
FLORENCIO CASTAÑO IGLESIAS
AGOSTO 2009
