DEL DESIERTO A LAS ESTRELLAS
Por la Sierra de los filabres – Almería
Cruzando el desierto de Tabernas se descubre el paisaje más insospechado de la provincia almeriense, de altas montañas, pinares y blancos pueblos de estirpe morisca. En la cima, el mayor telescopio de Europa. Y al otro lado de la sierra el verde valle del río Almanzora y las canteras de mármol de Macael, de las que salieron los leones de la Alhambra.
Almería es famosa por sus paisajes desérticos, en los que se han rodado docenas de wésterns. Pero ahí mismo, detrás de los falsos poblados del Oeste, se levanta una muralla de más de dos kilómetros de altura, cubierta en buena parte de pinos, y algunos días, de nieve. No es otro decorado cinematográfico. Ni un espejismo. Es la sierra de los Filabres, un ramal de la cordillera penibética que se adentra 50 kilómetros en la provincia, por el noroeste, separando el desierto de Tabernas del valle del río Almanzora, el cual, comparado con el anterior, es de un verde insultante, casi asturiano.
En solo media hora, atravesando el desierto de Tabernas por la autovía de Granada, se llega desde la capital almeriense hasta Gérgal, al pie de la sierra. Y en otra media, por una carretera de montaña, al observatorio de Calar Alto, que aloja el mayor telescopio de la Europa continental. El lugar fue elegido por su altura, sus cielos despejados y su aire puro, lo cual también es bueno para otear el panorama diurno, que es inmenso y especialmente bello hacia el sur, donde la mirada abarca desde Sierra Nevada hasta el Mediterráneo, pasando por el coampo lunar de Tabernas. Pocos miradores habrá en el mundo que dominen como este mar, desierto y alta montaña. Y encima, las estrellas.
Bajando por la otra ladera, la norte, hacia Serón, se descubre con un escalofrío el antiguo poblado minero de Las Menas. Este enclave, surgido en 1910 junto a los criaderos de hierro más ricos de la sierra, a 1.500 metros de altura, llegó a albergar a 2.500 personas. En Las Menas, había un hospital, casino y hasta plaza de toros. Abandonado en 1968, hoy es un páramo fantasmal, lleno de cráteres, rocas oxidadas y chatarra de un mundo que se antoja infinitamente lejando. De la ruinase libró la ermita de Santa Bárbara, que fue erigida en 1911 en honor de la patrona de los mineros y cuya torre, rematada por una fina aguja octogonal, da un inesperado aire tirolés a estas montañas.
Un millón y medio de jamones serranos e ibérico salen todos los años de los secaderos de Serón, pueblo donde también se curan cantidades ingentes de morcones, chorizos y salchichones y donde huele – como se puede imaginar – que alimenta. entre el olorcillo y el ejercicio de subir al castillo que descuella en lo alto del blanco caserío, al final de calles empinadas como trampolines de saltos de esquí, se llega arriba muerto de hambre, desfallecido. Nada, en cualquier caso, comparado con lo que sfruió Juan de Austria para tomar esta fortaleza durante la rebelión de los moriscos, pues mataron de una pedrada a su padre adoptivo, secretario, consejero y amigo, Luis de Quijada.
No todo son cuestas en Serón. También está la Vía Verde del Almanzora, que aprovecha parte del trazado del tren que transportaba el hierro de estas montañas hasta el puerto murciano de Águilas. Acondicionada para caminantes y ciclistas, ofrece un cómodo recorrido de casi 12 kilómetros desde el cargadero de los Canos hasta la barriada de El Ramil. alto, con vistas al pueblo blanco y de cuestas, a la vega y a las cumbres de más de 2.000 metros que asombran el valle. Aparte del paisaje, que no es ni mucho menos el que se espera de Almería, sorprende el cargadero de los Canos, obra faraónica a donde el mineral llegaba, desde el monte, en baldes suspendidos de un cable de acero de 8.104 metros.
Además de Serón, hay otros pueblos que merecen una visita, como Bayarque, una bonita aldea de aire moruno, entre montes de almendros y olivos, que fue del marqués de Villena, o como Bacares, conocido, por los tres que lo conocen, como la perla escondida de la sierra de los Filabres. La vuelta a Almería, para variar, se puede hacer dando un rodeo por Macael, lugar famoso por sus canteras, de las que salió el mármol de la Alhambra y de la mezquita de Córdoba. A uno y otro lado de la carretera se ven montañas truncadas, a las que les falta la punta o una de las caras, llenas de vertiginosos escalones y cortes cúbicos, como si una lluvia de gigantescas piezas de Tetris hubiese caído sobre ellas.
Revista ¡HOLA! viajes Fin de semana del 5 al 6 de noviembre
TEXTO: Andrés Campos
