Blog Turismo Serón

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EL PASADO DE NUESTRA VÍA VERDE DEL HIERRO

Imagen 5

Las grandes compañías ferroviarias actuaron tardíamente en el sureste de la península. Así pues, entre las provincias de Murcia y Granada existía un gran vacío en lo que a servicios ferroviarios se refiere. En 1864, una comisión de ingenieros de caminos nombrada para elaborar un plan de ferrocarriles había propuesto la realización del citado trayecto. El 21 de junio de 1887, se transfieren las concesiones de la línea Murcia – Granada.

El municipio de Serón contemplaba una distancia de línea de 12,5 Km, el cual, atravesaba todo el término municipal. La cual fue inaugurada a finales del año 1894, por el que el 10/09/1894 se inauguró el tramo Purchena-Serón y el 11/12/1894 el tramo Serón-Baza.

A pesar de que la minería en el Valle del Almanzora no se había desarrollado en el momento del nacimiento del ferrocarril, y más aún,  ni siquiera se tenía constancia de la riqueza de los yacimientos, parece claro que uno de los mayores intereses residía en la posibilidad de transporte de minerales.

La puesta en marcha de los cotos mineros de Serón y Bacares, supuso para el ferrocarril un cambio radical pues en poco tiempo pasó de ser una lánguida línea de carácter marcadamente local a convertirse en un activo ferrocarril esencialmente industrial. Para ello hubo de dotarse de los equipos necesarios con el fin de aumentar en la medida necesaria la capacidad de transporte de línea y convertirla en un ferrocarril especializado en el transporte de mineral de hierro. Las reformas se plasmaron en las ampliaciones sufridas en las estaciones de Serón y Águilas, la construcción de los cargaderos de Los Canos, La Estación y Tesorero. En 1905 las minas de Serón y Bacares alcanzan un gran auge, por lo que fue dos años después lo que consiguió que el ferrocarril se hallaba en plena efervescencia minera.

Una vez llegada la Guerra Civil el Gobierno Republicano creó el Comité Nacional de Ferrocarriles que mas tarde pasó a llamarse Red Nacional de Ferrocarriles, antecedente inmediato del acrónimo RENFE. Concluida la guerra la intervención estatal sería decisiva en todos los terrenos.

El tráfico de minerales continuó llevándose a cabo aunque la actividad extractiva fue desapareciendo en parte de los cotos que anteriormente utilizaban el ferrocarril. El último cargadero de minerales que prestó servicio fue el de Los Canos, y que dejó de funcionar en 1.969. Años antes habían parado los cargaderos de la Bda. de la Estación. Una vez revisado el coste que generaba el mantenimiento de la línea Guadíx-Almendricos y viendo que era deficitaria y a pesar de las protestas populares fue cerrado el tráfico a partir del 01 de enero de 1985.

DE LA PATAGONIA A SERÓN

Cuento

«Aquella noche dormí con un ojo bien abierto, me latía el corazón como cuando pasaba el Sevillano por detrás de mi casa, echando chispas por el puente de hierro. Qué frío, llevaba nevando una semana, y nosotros, los niños, sin poder salir a la puerta de la calle, nuestra madre no quería que estropeásemos las botas que con tanto esfuerzo nos había comprado en la Domena. Allí estaban en el ventanuco, por dentro, no fueran a humedecerse, mi madre me aseguró que los Reyes eran Sabios además de Magos y que bien conocerían que en aquella casita de Los Zoilos vivía el José Carlos que les había pedido una bicicleta roja.

¡Me levanté y allí estaba! Reluciente, un poco pequeña pero bueno, era la primera bici de mi vida y había llegado de Oriente, ¡nada menos! No me importó no poder desayunar un buen roscón de reyes, había sido un mal año, el pedrisco había destrozado los parrales y el seguro había pagado una miseria. Admiré mi regalo hasta que se secó el barro y mi madre me dejó salir, y cruzar el cauce del Almazora, y subir la cuesta de la panadería, y hasta llegar con gran esfuerzo a todo lo alto del pueblo, al castillo. Allí me reuní con el Ramón, el del Tío-tijeras, el hijo del guarnicionero que me arregla los avíos, soy tratante de bestias.

Y con mi amigo me tiré por la Cuesta de los Muertos, donde don Juan de Austria les cortó el gaznate a los moriscos de Serón. Cuando dimos el grito de salida, salí escopeteao por delante del Ramón, tan feliz porque iba a ganar la carrera hasta que, al pasar el bazar, se me fastidiaron los frenos y nada, corrí cuesta abajo a grito pelao, hasta que casi atropello a una vieja que iba con un canasto enorme, y a un perro que se cruzó en mi camino, y a una niña que se despistó de su madre, ¡ahí fue cuando me estrellé! Terminé con un brazo en cabestrillo, la bici me duró dos días pero aquella había sido… ¡la Navidad más feliz de mi vida!».

José Carlos introduce su relato en un sobre, lo cierra con un lengüetazo y lo guarda bajo el misal que heredó de su madre. Poca cosa le dejó la pobre mujer al morir, todo se lo llevó la larga enfermedad del Parralero, hasta el cortijillo de Los Zoilos. Por eso José Carlos vive de alquiler, no puede hacerse con una casa, ni siquiera a cómodos plazos.

El negocio de la trata va de mal en peor, ¡con lo que le chiflan los burros, mulos y caballos! Ya nadie los necesita para las labores del campo, ni siquiera como vehículos de carga o locomoción. Pero como entiende de ordenadores, trabaja por las tardes en la oficina de un almacén de jamones, y allí lleva quince años.

José Carlos, que hace pinitos literarios, aspira a conseguir un premio. La revista Al Cantillo organiza un concurso de cuentos de Navidad con un galardón de 3.000 euros. El futuro escritor sueña con hacer un viajito, su tío abuelo emigró a la Argentina y José Carlos siente curiosidad por conocer tan lejana tierra, y quizás encontrar algún pariente.

El lema del concurso es «La Navidad más feliz de mi vida», y José Carlos lleva escritas tres versiones de La bicicleta roja. «Hay que ser realista», piensa, «ninguna felicidad dura más que mi loca carrera por la Cuesta de los Muertos, antes del despanzurre final». La vida le ha sonreído poco, está en débito con el ciclista.

José Carlos no es guapo pero tampoco un adefesio, normalito, le faltan unos brochazos de estilo y modernidad. No es unas catañuelas, aunque lejos está de ser un muermo, como su amigo Ramón, que dedica el tiempo libre a bordar un manto a la Virgen de los Dolores.

No, no es muy sociable José Carlos, aunque tiene amigos músicos. Es el primer corneta de la banda El Castillo. Y también sabe disfrutar de la compañía de Carmelo, su cerdito negro. Lo compró en el mercado de Baza porque, para José Carlos, el rito de la matanza es el momento estelar que espera impaciente durante todo el año. Le fascina preparar morcillas, chicharrones, chorizos, longanizas, blanquillos…. Le enseñó su madre, que tenía buena mano para aromatizar las magras. Por algo se la rifaban a Encarna, la del Parralero, las carnicerías de todo el valle del Almanzora.

Pero resulta que el marranillo que le vendieron no es negro porque descienda de sus primos de Jabugo, sino porque es vietnamita, o sea un cerdo doméstico, así que a ver quién es el guapo que le mete el cuchillo en la yugular a un animalito tan cariñoso, y que encima se llama Carmelo, como la abuela del corneta. «Allá con mi madre andará la abuelita Carmen, atiborrando a la mismísima corte celestial con sus excelentes embutidos», se dice José Carlos al recordar a sus mujeres. No ha tenido otras en sus cincuenta años de vida. Es muy retraído para asuntos de sexo.

Carmelo es como un perrillo faldero; se porta fenomenal, es limpio y cuidadoso, nunca excrementa en la casa. Su único defecto: que se marea en el coche,  y eso retiene a José Carlos en el pueblo, ¡con lo que le gustaría viajar!

Los sábados bien temprano, José Carlos saca a su cerdito de paseo calle Bacares abajo, por donde la ermita, hasta llegar a un prado del río Bolonor, que baja de Las Menas, el antiguo poblado minero. Y en una charca retoza Carmelo hasta que su amo decide que se ha terminado por hoy el alegre asueto. José Carlos cuida a su mascota con mimo, lo tiene hecho un sol. Carmelo, agradecido, se arrima a sus piernas como un gato y le gruñe dulcemente.

Gruñe Carmelo desesperado una tarde oscura de invierno, ya cerca de la Navidad. Nieva, de pronto un aldabonazo, y José Carlos le abre el portón a una mujer madura que se parece a la Paris Hilton pero con unos añitos más. Delgada, alta, pantalones de satén dorado, un abrigo de piel falsa de zorro, gorro alto y de pico, parece el paje despistado del rey Gaspar. A punto está José Carlos de advertirle que se ha equivocado de fecha; es la noche de las hogueras de Santa Lucía y se oye cantar a los niños:

Hacho, reahacho

fuma tabaco,

no fumes más

que te vas a emborrachar.

—¿Viene por maderos y muebles viejos para las fogatas y los hachos?

—¡Qué fogatas ni que ocho cuartos! ¿Vos sos José Carlos Domínguez? —le pregunta la interfecta, contrariada por el frío.

—Perdone, creí que iba de fiesta. Y sí, soy yo. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? Pero pase pase, mujer, que se hiela…

La señora sigue a su amable anfitrión por un pasillo congelado como frigo hasta llegar a una sala, iluminada por una lamparita y el resplandor de la lumbre de una enorme chimenea. José Carlos ha separado unas ascuas, y sobre la trébede reposa una sartén de hierro con castañas a medio asar. Le ofrece a la señora su desvencijado silloncito de orejas y un café, y ya instalada la visita, escucha con atención.

—Me llamo Amanda Domínguez, como vos. Debemos de ser parientes, no sé, quizás nuestros tatarabuelos fueron hermanos. Vengo de Bariloche —se presenta la aparecida con acento cantarín.

—¿Bariloche? ¿Por dónde queda eso, si no es mucho preguntar?

—En la Patagonia argentina.

—¡Dios mío, con las ganas que tengo de viajar a la Patagonia! Qué curioso, somos primos lejanos.

—Y tanto, bien lejanos, como vos decís.

—¡Si vives en el hemisferio austral, cerquita del Círculo Polar Ártico! —le suelta José Carlos, que fue un empollón en geografía.

—Usted lo ha dicho…

—Por favor, Amanda, somos familia, sin formalismos, hablémonos de tú.

—Esto… lo intentaré, ché, pero es que el tuteo no se estila por allá. Por cierto, vos vivís en mi casa.

—¡Jesús, y ahora me hablas de usía! A ver, poco a poco, que no me entero. ¿Que yo vivo en tu casa? Esta casa fue propiedad de Antonio Lucas, que murió hace tres meses —le dice sorprendido.

—Justo, no solo me llamo Amanda Domínguez sino también de la Torre y Lucas. Antonio fue pariente, bien lejano, como vos. Yo nada sabía de él, salvo lo que me contó mi abuelo, que tenía un tío en un pueblito andaluz. Mirá, hace un mes me llegó notificación del notario de Purchena. Mi pariente me ha dejado en herencia una finquita y una vivienda. Vuestra casa, por lo que veo.

—¡Ah! Entonces eres ahora mi patrona. Podemos firmar un nuevo contrato… —le dice José Carlos, tan feliz.

—No, no es ese mi plan. Quiero venderla. Si a vos te interesa comprarla… —le contesta Amanda muy seria, mientras se estira el cuello del jersey de angora y pone, muy afectada, los ojos en blanco.

—Imposible con esta puñetera crisis, claro que si me concedes unos plazos… —le sugiere el primo, esperanzado.

—Lo siento, José Carlos, necesito el dinero para hacer un largo viaje y conocer el mundo. Ya no soy una chiquilla y no tengo familia a la que dejarle esta herencia.

Y siguen dándole vueltas al futuro de la casa hasta que llega la hora de cenar. José Carlos coloca las castañas en un lebrillo, prepara unas patatas a lo pobre, estrella en lo alto huevos de sus gallinas, saca una hogaza de pan. ¡Y deliciosos embutidos! El ágape deja turulata a la argentina.

Amanda señala a Carmelo, que dormita junto al fuego, y con cara de asco le pregunta a su anfitrión cuándo le llegará la hora de terminar en la mesa. José Carlos se enfada pero no lo expresa, no es cosa de cabrearse de entrada con su recién descubierta prima. Más le vale tener buen rollo con ella para intentar un acuerdo y no quedarse en la calle. Luchará por su vivienda. La ha cuidado, la ha reformado, la tiene hermosa con esa balconada que le abrió para contemplar el pueblo. Y ajardinó el corralón con palmeras, jazmines y rosas.

Ahíta de chacinas y relajada al fin gracias al Didacus de Serón y al granate de Jumilla, la argentina le cuenta que es esteticista con negocio propio en una bella ciudad de montaña.

—Me va bárbaro con mi salón de belleza. Allá somos muy femeninas, nos encanta maquillarnos.

—Ya lo veo, ya lo veo, prima…

José Carlos parece anonadado ante una mujer tan exótica, con ese estilismo perfecto, sus botas de tacón de aguja y tan buenísima ropa.

Ella se despide, le duele mucho la cabeza y está derrengada por el larguísimo viaje. Se aloja en el hostal Cuadrado. Le alarga a su pariente una tarjetita florida con su teléfono y señas.

—Che, primo, necesito la casa en dos meses…¿Sabés? ¡Sos lindo! Y te agradezco la cena…¡Estaba riquísima! Seguimos en contacto. ¡Chao! Mañana me voy a Bariloche.

José Carlos, deprimido, esa noche no duerme del sofoco. «Vaya con la jodida argentina, aunque la entiendo, para qué mantener una propiedad allende el Atlántico sin tener a quien testarla… Me buscaré otra vivienda, qué remedio, me temo que más vieja y más cara. ¡Con lo bien que vivimos en esta casa, Carmelo!». Se duerme al fin al amanecer, y llega tarde al trabajo.

—Cerca de aquí alquilan un apartamento adosado con jardincillo y todo, para el vietnamita. ¡Que no se hunde el mundo, Domínguez! ¡Arriba ese ánimo! —le reconforta el jefe.

—Pero es que me gusta vivir en la Arquilla, por mi ventanal veo amanecer sobre el pueblo nevado, los montes de los Filabres y el valle del Almanzora…

—Por las ánimas benditas, tienes que cambiar de aire, moverte, aunque solo sea para bajar la Cuesta de los Fiambres… —le dice en broma su jefe.

—Es tan bonico el cuartillo de la matanza, y el corral aledaño; barrunto un cambio, a peor, de nuestra vida… —le responde mustio el corneta.

Es la hora del almuerzo y José Carlos se acerca al Cuadrado para ofrecer un trato a su prima: todos sus ahorros, de entrada; y el resto, en cinco años.

Nada más llegar al hostalito se topa con una ambulancia que sale para Almería a toda velocidad. En ella va Amanda, derechita a la Bola Azul, ha sufrido un derramen cerebral.

«Pobre prima, ahora que iba a realizar su viaje soñado. Pues mira que si es al otro mundo…», elucubra apesadumbrado el corneta.

José Carlos pide unos días de vacaciones, coge su cochecillo y aparece en el hospital, no puede permitir que su prima Amanda muera sola, si llegara el triste caso. Se presenta como familiar lejano y dejan que la acompañe. Tres noches se tira en vela maldurmiendo en un duro sillón de escay. Hasta que la enferma recobra la consciencia lentamente.

Cuando Amanda se recupera, vuelve José Carlos presuroso a Serón, convencido de que Carmelo ya lo añora. «Tendrá a los vecinos bien contentos con sus gruñidos», ese fue el último pensamiento alegre sobre su amado cerdo.

Pero no, Carmelo no ha dado ninguna guerra. Al día siguiente de la partida de su amo, ha desaparecido del patio de la vecina tutora. El dolor de José Carlos cuando se entera de la fuga de su amigo no encuentra consuelo. Por mucho que los músicos de la banda le ayudan a buscar a Carmelito, no hallan ni rastro del chino, que es como en Serón se les llama a los gorrinos.

—Mala época para perder un chino, amigo, con tantas matanzas… ¡Y la crisis! —se recochinea su jefe.

A José Carlos se le hace cuesta arriba la vida sin su Carmelo. Menos mal que recibe una larga carta de Amanda: Bariloche está hermosa entre sus altas montañas y disfruta de una dulce primavera. Al despedirse le llama «mi Ángel de la Guarda». El notición es que le comunica, melosa, que ha cambiado de idea, que se puede quedar en la casa por el mismo alquiler. Empieza así una relación de amor en la distancia.

José Carlos envía la cuarta versión de La bicicleta roja al concurso de la revista Al Cantillo. En un sobre lacrado que, en realidad, ahora contiene los recuerdos de la Navidad más feliz de su infancia. Porque la más feliz de su vida ha pasado a ser la que relata en este cuento, con una reina, no sabe si sabia ni maga, que no vino de Oriente sino directamente de la Patagonia argentina.

Es el día de Navidad, y el fallo está a punto de conocerse.

La noticia le llega a través del Facebook. A José Carlos no le hace tanta ilusión haber ganado el concurso como los 3.000 euros del primer premio, justo el dinero que necesita para volar a Bariloche y reencontrarse con su novia. Y conocer, de paso, la Argentina.

Amanda, feliz con el corneta, con el chino vietnamita adoptado y las chacinas de su nueva tierra, cierra el salón de belleza, se despide de la Patagonia con un sonoro «Chao» y vuelve a su recién heredada casa de Serón, allá por los montes de los Filabres, y el valle del Almanzora.

CARMEN DE LA ROSA

admin 23 diciembre, 2013 8 Comments Permalink